RELATO DE "LA INJUSTICIA Y LA MALA CONCIENCIA".

RELATO SOBRE LA INJUSTICIA Y LA MALA CONCIENCIA.
Era una tranquila y apacible tarde de septiembre en la gran manzana. Fernando había llegado a Nueva York a mediodía. Su vuelo había despegado de Barcelona a las doce de la noche y aterrizado en Manhattan, sin mayores inconvenientes ni turbulencias, a la una de la tarde. Fernando era un chico de veintidós años que, pese a las advertencias y consejos de sus padres y de su novia, había decidido cumplir uno de sus sueños de la infancia. Desde niño le habían fascinado las imágenes de televisión de aquélla inmensa urbe. Era consciente de que aquélla era una de las ciudades más grandes, cosmopolitas y avanzadas del planeta,…, pero también de las que contaban con un índice de delincuencia más elevado. Al llegar, tuvo los típicos problemas de hallarse en un aeropuerto gigantesco, pero salió airoso del trance. Los controles de seguridad se habían incrementado desde el brutal atentado terrorista de los extremistas islámicos que habían dejado reducidas a escombros las famosas torres gemelas, dos de los símbolos más reconocibles de la civilización americana. Fernando quería conocer los sitios más significativos y reseñables de la ciudad, para los que tenía una semana de plazo y había diseñado un programa de visitas y actividades que incluían como primera parada la tristemente célebre zona cero, donde habían estado ubicados los dos rascacielos cuya existencia había finalizado hacía exactamente un año. Fernando estaba alojado en un hotel de la quinta avenida. Dejó el equipaje en su habitación y acto seguido llamó a sus padres y a su novia para decirles que había llegado bien y se encaminó, sin mayor dilación, hacia las ruinas de las dos torres. Consulto un panel informativo con las rutas de los distintos autobuses y cogió el que le dejaba más cerca de su lugar de destino. El autobús estaba repleto, atestado de gente. Era la hora punta en la ciudad de los rascacielos. Por fortuna, Fernando pudo encontrar un asiento libre. En el bús había una pequeña representación  de los habitantes de aquélla inmensa ciudad. Es decir, de todo: “yuppies”, turistas despistados, emigrantes, tipos con cara de pocos amigos, etcétera. El invididuo que estaba sentado al otro lado del pasillo y a la misma altura que Fernando observaba a éste de forma hostil y desafiante. El chico estaba agitado y se daba cuenta de que su nerviosismo iba en aumento sin que pudiera evitarlo pero suspiró aliviado cuando su compañero de viaje se bajo dos paradas antes de llegar a su destino. Por sus rasgos, moreno y de estatura inferior a la suya, dedujo que se trataba de un hispano, de un emigrante suramericano. Dirigió a Fernando un gesto de claro menosprecio antes de descender por la escalerilla y éste se percató de que llevaba una maleta idéntica a la suya, de la misma marca, con los mismos cierres,… De repente, se sobresaltó, regresando del estado hipnótico en el que se había sumergido. ¿Y si el hispano se había confundido de maleta?, pensó. Las dos maletas habían estado durante todo el trayecto en el pasillo, al ver sus dueños la imposibilidad de colocarlas debajo de sus asientos. Fernando se precipitó hacia la salida del bús pero el conductor ya había accionado el mecanismo que cerraba las puertas. La desesperación y frustración invadió a Fernando que, rápidamente se encaró con el conductor. “¡Oiga, señor, por favor! ¡Ábrame las puertas! ¡Necesito salir ya!”, suplicó Fernando. “¿What?”, respondió el conductor extrañado. La zozobra que tenía el chico le había hecho olvidar incluso que estaba en un país extranjero. Volvió a formular su petición, esta vez en un perfecto inglés. El conductor se extendió más en su explicación pero fue una réplica contraria a los deseos de Fernando. “I´m sorry, sir. You must to stay at bus until next stop”. Retornó contrariado a ocupar su asiento. Vislumbró cómo en la calle, a lo lejos, el hispano se había vuelto y lo miraba con una sonrisa maléfica dibujada en su rostro. Estuvieron manteniéndose la mirada hasta que su figura se disolvió entre la multitud. Enseguida sus esperanzas se centraron en que no tardaría mucho en llegar a la nueva parada de autobús. Escrutó a su alrededor para verificar las reacciones que habían tenido el resto de los ocupantes del vehículo ante la rápida sucesión de movimientos que había desarrollado en poco tiempo. Su tensión nerviosa alcanzó un grado máximo. Todos le miraban con expresiones rígidas, frías y carentes de todo sentimiento. Fernando salió del autobús y oriento sus pasos hacia su hotel, librándose del coro de rostros amenazantes que le habían tenido atenazado. Se sentía especialmente turbado al llevar una maleta ajena. Ahora su misión era dar con aquel tipo, aquel emigrante y confiar en que todo saliera bien, es decir, en su buena voluntad para intercambiar las maletas. Fernando ya se había repuesto de la situación que había vivido en el autobús y volvía a estar esperanzado porque, después de todo, la distancia entre la parada del hotel y la de aquélla en la que se había bajado el hispano no era tan larga. Era posible que éste aún anduviera cerca y lo pudiera localizar. Sin embargo, pasaron tres cuartos de hora largos, de intensa indagación, y no lo encontró. Sus deseos de solucionar el entuerto se habían difuminado. Resolvió volver al hotel, pues ya era noche cerrada. No quería ser protagonista de nuevos y desagradables sucesos.  Una vez en la habitación, Fernando asumió que lo mejor que podía hacer era relajarse y descargar toda la tensión que había acumulado durante aquélla larga y extenuante jornada. Así que bajó al comedor del hotel y pidió una cena ligera. Después, se fue a la cama, durmiendo profunda y plácidamente. Desayuno un café con leche con unas tostadas de mantequilla y mermelada. Antes de comer, decidió abrir la maleta, para acabar con la intriga en relación a su contenido. Se quedó de piedra, helado. En la maleta estaban perfectamente ordenadas y distribuidas decenas de bolsitas de plástico de polvo blanco. Fernando abrió una de ellas y, con las manos temblorosas, acertó a vaciarlo en la mesilla de noche. Se relamió un dedo y, a continuación, sintió cómo de su paladar se adueñaba un sabor agridulce. Era cocaína, pero no cocaína de calidad media sino de gran pureza y cuyo coste calculó que debía de ser muy elevado. Fernando estaba alarmado y el corazón le latía aceleradamente. ¿Qué podía hacer? Tenía como equipaje una maleta llena de droga. Y no tenía ni idea de donde podía hallarse la suya. Encendió la televisión para atenuar su ansiedad pero aquélla vía de escape tuvo el efecto contrario. Estaban emitiendo el espacio informativo de una cadena local. El periodista estaba comunicando que el departamento de policía de Nueva York había efectuado la noche anterior una redada por la que una de las redes de tráfico de estupefacientes más amplias y poderosas del país había sido desmantelada. Asimismo, ofrecían las fotos de los cabecillas e integrantes de la red que habían sido detenidos y de los que habían conseguido escapar del cerco policial. La sorpresa de Fernando fue mayúscula cuando vio que uno de los invididuos que aparecía en las imágenes era el hispano con el que se había producido la confusión de las maletas. Aquello fue demasiado para el pobre Fernando que, víctima de una fuerte crisis nerviosa, no tuvo más remedio que sentarse en un sillón para no marearse. Estuvo diez minutos tumbado sobre la cama y con los ojos cerrados tratando de calmarse y dejar su mente en blanco, desocupada de todos los pensamientos e ideas que se entrecruzaban por su cerebro originándole un angustioso malestar. Pero cuando parecía que su quietud de ánimo y paz interior se habían restablecido, oyó el ruido de fuertes pisadas taladrando las escaleras que daban acceso a la primera planta en la que estaba alojado. Las pisadas cesaron justo a la altura de su habitación. Quienquiera que fuera, estaba claro que venía con actitud amenazante y hostil. Se asomó por la mirilla para conocer la identidad del visitante. Lo que ocurrió a continuación aumentó el dramatismo de la historia de la que Fernando estaba siendo desdichado y desafortunado protagonista. La puerta no aguantó el golpe duro y seco que un viejo conocido de Fernando, el hispano del bús, le había propinado. Cedió, y el invasor empuñando un arma y al grito de: “¡Perro español! ¡Tú me has robado mi mercancía! ¡Te voy a matar!”, se abalanzó sobre Fernando que resistió su embestida como buenamente pudo. Empezaron los dos a forcejear por el suelo. La lucha por controlar la pistola se convirtió en dramática. Finalmente, Fernando que era más ágil logró arrebatársela a su rival. “¡Quieto! ¡No te muevas!!”, le increpó Fernando, “¡No quiero disparar!”. “¡Está bien, está bien, chico!”, le dijo el hispano. “Haz el favor de calmarte. Yo sólo quiero que me devuelvas mi maleta. ¿Vale?”, concluyó haciendo un gesto de tranquilidad con las manos. Fernando le replicó, ya con más firmeza y serenidad: “Muy bien, puedes recoger tú mercancía y marcharte por donde has venido”. “Vale, vale, chico. ¿No avisarás a la policía? ¿Verdad?. Los chicos buenos y educados como tú no hacen eso. Sabes que en el caso de que lo hicieras estarías sentenciado porque mis compañeros y yo nos enteraríamos y recibirías nuestra visita”, dijo el hispano en tono amenazante mientras se hacía cargo de la maleta y la cerraba. Fernando se relajó cuando su contrincante abandonó la habitación. Dejó la pistola encima del mueble que servía de soporte a la televisión. Y, cuando ya no se lo esperaba, el hispano volvió a irrumpir en la habitación cuchillo en mano. “¡No me fió de ti, niñato español!”, chilló. “¡Ha llegado tú final!”. Fernando tuvo el tiempo justo para volver a coger la pistola y descargar tres tiros su enemigo. Éste, cayó al suelo inerte. Los disparos alertaron a los huéspedes de las habitaciones más cercanas, que llamaron a la recepción. El recepcionista, muy asustado, avisó rápidamente a la policía. En media hora, la zona estaba acordonada y los clientes, empleados del hotel y policías se arremolinaban alrededor del lugar de la tragedia. Fernando estaba sentado en la moqueta, completamente abatido e incapaz de creer que hubiera acabado con la vida de una persona. Observaba a todas partes, como si estuviera ido, en medio de un charco de sangre y con una maleta repleta de droga a su lado. Fue detenido y trasladado a una prisión de Nueva Jersey. Se le acusó de los cargos de homicidio en primer grado y posesión de drogas. Lo mínimo que le podían caer era veinte años de cárcel y eso teniendo en cuenta posibles atenuantes. Y sin embargo lo peor no era aquéllo, lo más terrorífico era que según las leyes de aquel Estado de la Unión, con una certeza prácticamente absoluta, sería condenado al tristemente célebre corredor de la muerte. El sólo hecho de pensar en la pena de muerte le ponía los pelos de punta, pues él siempre había sido un pacifista declarado. La terrible y desgraciada noticia le fue relevada a los padres de Fernando por el noticiario de Televisión Española.  Dos días más tarde de su llegada a Estados Unidos, Fernando se había convertido en un presunto criminal. La familia no podía quedarse de brazos cruzados, así que contrataron al servicio de abogados  más prestigioso y económicamente rentable de España. Asimismo, iniciaron una campaña desde los medios de comunicación con el fin de conseguir dinero con el que poder pagar una fianza y también recogieron firmas contra la pena de muerte para enviárselas al gobierno estadounidense. Sin embargo, y a pesar de todos los esfuerzos a favor de la liberación de Fernando, un tribunal popular integrado por veinte miembros le condeno a la pena capital. En el plazo de un mes, Fernando sería ejecutado por el procedimiento de la inyección letal. Los padres, familiares y conocidos disponían de únicamente quince días para recurrir la sentencia. Pero el plazo otorgado fue inútil porque la defensa no pudo encontrar pruebas concluyentes favorables al acusado, nada que alegar ni a lo que poder agarrarse. Solamente estaba el testimonio de Fernando de que había actuado en defensa propia, para salvar su vida. Pero una argumentación como esa no servía para nada en un país como los Estados Unidos. La resignación se apoderó del chico y los suyos que veían cómo pasaban los días y se avecinaba el fatal desenlace. Y así llego el terrible día D y la terrible hora H. La ejecución estaba prevista para las tres de la tarde. Fernando fue introducido en un habitáculo de reducidas dimensiones y tumbado por los guardines de la penitenciaría en una camilla especial para la ocasión. Éstos, procedieron a inmovilizarle. Los invitados especiales al acto y los familiares observaban desde sus butacas expectantes y cariacontecidos. El  alcaide era el que tenía que dar el visto bueno para que el escalofriante mecanismo de ejecución se pusiera en marcha. A su vera, tenía cuatro teléfonos: Dos internos de colores amarillo y rojo, y otros dos externos, de colores azul y verde. Los internos eran los que facilitaban la comunicación entre los guardias de la prisión y los externos los que permitían la relación de ésta con el mundo exterior. Las manecillas del reloj dieron las tres en punto y el alcaide hizo un gesto de aprobación dirigido al verdugo que procedió a inyectarle por la vena el liquído mortal. Fernando alzó su cara para poder observar a sus padres, hermanos y novia, cuyos rostros estaban bañados en lágrimas. Su mirada era la de una persona serena y tranquila, la de una persona que se sabía inocente y condenado injustamente por las leyes terrenales pero no por las divinas. En ese momento, sonó el teléfono verde y el alcaide lo cogió con diligencia. Se fue quedando atónito y con los ojos desorbitados a medida que escuchaba a su interlocutor. Colgó el teléfono y entró velozmente en la habitación. Éste, estaba accionando el mecanismo, ajeno hasta entonces a las súplicas del máximo dirigente de la prisión y levantaba su cara cubierta hacia el cielo. “¡Vaya por Dios, con el dichoso mecanismo! ¡Se ha atascado hasta ahora no había dado fallos! ¡En fin, habrá que sustituirlo por uno más moderno!!Ah, ya funciona! ¡Por fin! ¡Por fin!”. El alcalde se dirigió al verdugo, desgañitándose: “¡Un momento! ¡Pare! ¡Pare! ¡Dios mío! ¡Este chico es inocente! ¡Ha sido todo un lamentable error judicial! ¡Un error judicial!”. El verdugo no sabía muy bien que decir ni cómo actuar, hasta que de sus labios salieron estas palabras: “¡Que dice, señor alcalde! ¡No ve qué ya no puedo hacer nada! ¡Acaba de morir! ¡Mire, mire! ¡Tómele el pulso si es un incrédulo!”. La rectificación había llegado demasiado tarde. Fernando estaba muerto, mientras que, afuera, el llanto de su familia no cesaba.
FIN.
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RELATO DE "EL CUARTO REICH".

RELATO: “EL CUARTO REICH”.
Veinte de abril de mil novecientos cuarenta y cinco: La segunda guerra mundial agoniza en el frente europeo. La última batalla del sangriento y largo conflicto ha dado comienzo hace varios días ya. La suerte está echada y, Alemania, con un líder poseído por un mesianismo incontrolable, camina sin remisión hacia la derrota. El imperio de los mil años, que el orgulloso y cruel Adolfo Hitler, aseguro que crearía e impulsaría para sí mismo y para su descendencia, se viene abajo.
Sin embargo, en contra de la creencia general de dar por sentado que Hitler se suicidó en su búnker de la capital germana, donde paso sus postreras horas como jefe del Estado alemán, este extremo no pudo ser nunca enteramente confirmado y, en realidad, no fue verdad.
Aquel día, con el ejército soviético a las puertas de la capital alemana, Hitler tomó una decisión que volvería a darle una nueva vuelta de tuerca al curso de la historia, ni más ni menos que la de coger un salvoconducto para seguir manteniendo su, por entonces, seriamente amenazada libertad, hacia la base marítima de Kiel, situada en el mar Báltico.
Por medio de un pasadizo, varios de sus fieles de más inquebrantable adhesión y él, se pasaron más de una semana transitando bajo tierra, hasta que llegaron a este puerto marítimo de la Kiegsmarine, el ejército del mar, la armada alemana.
Allí se enteran por la radio de que Berlín ha capitulado y el ejército rojo la está controlando en su totalidad. Asimismo, son informados del hallazgo del cadáver del führer en el búnker. Pero esta es, en realidad, una estratagema que fue ideada por Hitler para confundir a los vencedores de la guerra. Uno de sus oficiales de una gran y demostrada similitud con él, fue forzado a sacrificarse, con objeto de que su líder tuviera la coartada perfecta para hacer creer que había abandonado el mundo de los vivos.
El séquito de Hitler fue recibido con alborozo por la tripulación de varios submarinos, los célebres U-Boote que, durante el conflicto, habían causado graves daños y destrozos a los buques de guerra aliados. Los escasos resistentes nazis se vieron obligados a meterse en los submarinos, pues los soviéticos avanzaban, con gran rapidez y celeridad, aproximándose  peligrosamente y los últimos núcleos de resistencia caían.
A las tres de la tarde, el primer submarino zarpaba de la base, flanqueado en los lados y en una posición algo más retrasada, por otra media docena. En dicho sumergible, se hallaba el führer. Estaba acompañado por uno de sus hombres más leales, el almirante Doenitz, uno de los “lobos de mar” más prestigiosos de la armada alemana. Éste, ordenó sin dilación, que el sumergible tomará rumbo hacia el Océano Atlántico. Para ello tuvieron primero que sortear, con unas cuántas maniobras en zig-zag, el país danés, con el fin también de despistar a los barcos aliados que pudieran estar por la zona. De esta forma, accedieron al Mar del Norte, pasaron por el Canal de la Mancha y, aliviados por no haberse topado con la flota adversaria cruzaron el Atlántico, hasta llegar a Buenos Aires, la capital argentina.
Una vez que hubieron arribado en el continente sudamericano, un grupo de fieles y abnegados simpatizantes fascistas argentinos, condujeron a Hitler y a su escolta a un chalet, en las afueras de la capital porteña.
Pasaron los meses, y Hitler y su mujer, Eva Braun, y sus fieles, se enteraron por la radio de la rendición de sus aliados japoneses, en noviembre de mil novecientos cuarenta y cinco, tras las dos bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Hitler, visiblemente rabioso, se juro y se conjuro a sí mismo y ante sus súbditos que aquello no quedaría así, que el mundo volvería a saber de él o, en su defecto, de sus descendientes.
Pasaron unos años, y el grupo de fascistas alemanes y argentinos consiguió captar numerosos adeptos. Así, no tuvieron más remedio, ante unas sospechas cada vez más fundadas, que retirarse a la amplia y vasta región conocida como La Pampa.
Allí, esta legión paramilitar fascista estuvo adiestrándose durante unos años para dar un golpe de estado, perfecto y eficaz en la Argentina. Mientras, la pareja de líderes alemanes concebía a media docena de hijos en un espacio de tiempo sorprendentemente corto y breve. A éstos, un Hitler, ya anciano, aleccionó y adoctrinó en sus ideales y les hizo leer el libro que había escrito cuando estuvo encarcelado, en la década de los veinte, el famoso “Meinf Kamp”, (Mi Lucha), con el objetivo, sobre todo, de que se identificarán con su progenitor. El viejo líder estaba convencido, respecto a sus hijos, que con la suficiente y adecuada preparación, volverían a adueñarse del mundo.
En la década de los sesenta, y antes de que se pudiera firmar ningún Tratado de no proliferación de armas nucleares, los seis países, las seis grandes potencias del mundo, (Esto es, los Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia, Alemania y China), habían encomendado a sus respectivos ministerios de defensa que investigarán, en sus centrales antirradiación más seguras y protegidas, la posibilidad de fabricar la bomba atómica. Y todos ellos lograron su meta con gran éxito.
Adolfo Hitler vio que había vuelto a llegar su momento, y dio un triunfal golpe de estado en Argentina, asumiendo el control total del país y proclamando la República Argentina Fascista Suramericana. La noticia llenó de estupefacción y temor a las democracias de todo el mundo y, especialmente, a estas seis grandes potencias. A sus soldados, que aumentaba en progresión geométrica, les adjudicó el apelativo de “nuevos nazis”. Luego, como ya había sucedido en la segunda guerra mundial y con una política muy agresiva y belicosa, ordenó la invasión de los países limítrofes, que cayeron sin grandes y excesivas dificultades. En poco tiempo, el renacido poder fascista, controló completamente América del Sur y Central. Después, dividió a sus invencibles y todopoderosas tropas en seis ejércitos, al frente de los cuáles puso a sus hijos. Éstos, fueron reconocidos como jefes poseídos de una indudable pericia y habilidad militar, e invadieron los territorios de las seis grandes potencias. Pero, antes que nada, asaltaron sus plantas nucleares antirradiación con grupos reducidos especializados para tal fin, con comandos. El siguiente paso que dieron fue el de amenazar a los gobiernos con hacer explosionar las distintas bombas atómicas si no les cedían el poder. Los gobernantes democráticos, al ver la gran amenaza que se cernía sobre el mundo y sus conciudadanos, abdicaron de sus cargos y, lejos de tener clemencia para con ellos, fueron fusilados.
Los países que estaban en el ámbito de influencia de las seis grandes potencias, fueron invadidos por las fuerzas de los “nuevos nazis”, del emergente cuarto reich, sin que pudieran hacer nada para detener la avalancha que se les venía encima.
Pero en España la invasión de los “nuevos nazis” franceses fue, sin embargo, sorpresiva e inesperada, pues meses antes se había producido un pacto de no agresión, que se convirtió en papel mojado, ya que los fascistas lo utilizaron como un ardid para volver a agarrarse con determinación a la antigua política de los “hechos consumados”, del anterior conflicto bélico mundial.
En mil novecientos sesenta, había muerto el dictador y general Franco, vencedor de la guerra civil española y, el país, de la mano del Rey Juan Carlos Primero, había comenzado una pausada pero firme transición hacia la democracia. Los nazis galos se apoderaron, en primer lugar, de las principales ciudades y puertos marítimos de España. De este modo, fueron cayendo Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia.
En la muy culta y universitaria ciudad de Salamanca, por su parte, el estudiante de oposiciones y aspirante a nuevo Ordenanza, Alberto Bellido García, estaba en la Biblioteca Municipal de Garrido, disponiéndose a encauzar sus pasos hacia la videoteca, en la que reposaban grandes rollos de películas en amplios estantes. Alberto era autor de un par de novelas, una docena de guiones cinematográficos, tres relatos y una veintena de poesías. En una bolsa traía un clásico de terror de la Universal, “Drácula”, de Tod Browning, y el “Ciudadano Kane”, de Orson Welles. Los dejó sobre el mostrador, donde atendía a los usuarios una simpática y atenta chica de cabellos rubios.
“¡Vaya!”, dijo ésta, “¡Son dos grandes películas! ¿Y cuáles te vas a llevar hoy?”. “Espera”, dijo el chico sonriendo, “Espera a que le de una rápida ojeada a las estanterías. La chica volvió a tomar la iniciativa. “Bueno, mientras te lo piensas, voy a dejar estos rollos que me han traído”. “¡Espera, espera!”, dijo el chico, “¿Cuáles son esos?”. La chica se fijo con más atención en los rollos que tenía en sus manos. “A ver, voy a mirar la etiqueta… Pues son “Casablanca”, de Michael Curtiz, y “Frankestein”, de James Whale. “¡Vaya!”, replicó Alberto, “¡Son otros dos clásicos! ¡Los compró!”, remató bromeando. “Ya, ya”, dijo ella. “¡A ver si no vuelves a entregarlas tarde!”. “Tranquila”, contesto Alberto, “Que ya te prometí que eso no volvería a pasar”.
De repente, la calma y la quietud que reinaba en la Biblioteca, se vieron interrumpidas y rotas bruscamente por las alarmas aéreas y el ruido ensordecedor de los tanques. “¿Qué pasa, qué pasa? ¿Qué ocurre?”, le preguntaron al unísono los dos chicos al guarda de seguridad. “¡Oh, mierda, mierda, no puede ser!”, respondió éste. “¡Son los nuevos nazis galos que ya están aquí!”.
Los militares fascistas penetraron en el edificio sin que apenas nadie se atreviera a oponerles resistencia. En ese momento, la chica se dirigió a Alberto en voz baja y con insistencia. “¡Eh, chico! ¡Ven, sígueme! ¡Hacia donde nos cambiamos los funcionarios!”.
Milagrosamente, los dos se desplazaron con rapidez hacia la puerta que indicaba “Privado”. “¡Menos mal que no nos han visto!”, dijo aliviada la chica. “Veras, aquí abajo hay un búnker que está contiguo al garaje de la Biblioteca. Nos podemos esconder en él hasta que haya pasado el peligro porque me temo que puede haber represalias con mucha gente”. “¡De acuerdo!”, aceptó el chico entusiasmado por la proposición.
Los chicos se movieron con mucha agilidad y velocidad sin que les viera ningún militar. La chica pulso el código de acceso adecuado y ambos penetraron en el búnker.             Sólo los funcionarios de la Biblioteca que sabían la clave de entrada podían entrar en el mencionado búnker que tenía una puerta chapada en hierro que impedía el paso a los extraños. Los dos se quedaron escuchando atentamente, en silencio, para ver si oían algo relevante. Poco después, una voz potente y grave se impuso entre el tenso silencio. Era el oficial al mando de los invasores.
“¡Señores y señoras!”, dijo chapurreando como buenamente podía una mezcla de francés y español. “¡Préstenme atención! Les comunico que esta Biblioteca queda clausurada por ser considerada como gravemente peligrosa y perniciosa para la doctrina que quiere imponer el nuevo Emperador francés y su nuevo jefe al que deberán prestar obediencia ciega, el Emperador Hans. Mañana, como ya ha sucedido con otros centros bibliotecarios de España, será quemada. Así que les advierto que vamos a desalojar la Biblioteca y que no se atrevan a acercarse luego a sus inmediaciones. Y así fue, instantes más tarde, la Biblioteca fue desalojada. Aquélla noche fue larga y tristemente desconsoladora para los dos inquilinos del búnker.
“¡No, no, no puede ser!”, suplicaba la chica con impotencia. “¡Cómo es posible que esos bandidos se atrevan a cometer semejante atentado contra los valores humanos!”. “¡Vamos, vamos!”, le trataba de animar como buenamente podía Alberto. “¿Sabes lo que podemos hacer? Me dijiste que este búnker estaba protegido contra cualquier eventualidad, la puerta está chapada en hierro por lo que es imposible que pueda quemarse. ¿No es así?”. “Sí, sí, claro”, dijo la chica apartándose un par de lágrimas que le surcaban por las mejillas. “Pues,…”, se quedó ella pensativa. “¿Adonde quieres llegar?”. “Pues, simplemente, que podemos traer aquí abajo todo el material, es decir, libros y rollos de cine que consideremos interesantes. Los podemos salvar. Eso sí, no demasiados, para no levantar las sospechas de nuestros enemigos. “¡Es verdad, es verdad!”, dijo la chica con renacido entusiasmo. “¡Hagámoslo! ¡Venga!”. “Bien, bien”, dijo el chico, “pero con cautela”.
Así, esa noche, los chicos salvaron el material que más les convino y que resultaba, sin duda, más relevante para ellos. A la mañana siguiente, por la mañana, dio comienzo la destrucción controlada del edificio, con las llamas alzándose vigorosamente al cielo y mostrándose un escenario desolador y deprimente para los vencidos. Afortunadamente, en el búnker había víveres para varios días, por lo que no hizo falta que salieran al exterior.
“¿Y qué haremos cuando se termine la comida? Nos veremos obligados a salir al exterior”, se preguntó en voz alta Alberto.
“Lo que debemos hacer es observar cómo esta la situación afuera. Ven, te conduciré hasta un tragaluz y así nos enteraremos de todo lo que pasa”, dijo la chica con determinación.
En la calle, las fuerzas fascistas patrullaban incesantemente y se había establecido el toque de queda. Mientras tanto, en esos momentos y en otra parte del mundo, en Argentina, el viejo dictador nazi Adolfo Hitler, fallecía. A los funerales de Estado acudieron todos sus hijos, que trataron de que su madre se sintiera fuertemente respaldada por ellos, aunque ésta moriría pocos meses más tarde.
En Salamanca, las patrullas cesaron su movimiento poco antes de la medianoche y los inquilinos del búnker de la Biblioteca se aventuraron a salir al exterior, encaminándose hacia el edificio que estaba al lado. Estuvieron inspeccionando las diversas plantas del edificio, teniendo especial cuidado de no toparse con militares. No obstante, su sorpresa fue mayúscula cuando, antes de irse, decidieron explorar el sótano. Allí había organizada una asamblea no muy numerosa ya que, como era lógico, la mayoría de la población estaba atemorizada. Había un fuerte debate acerca de lo que se debía hacer. Unos, los menos, eran partidarios de un movimiento revolucionario pacífico, al estilo de Ghandi en La India. Pero la mayoría se inclinaban por asaltar un cuartel por sorpresa, durante la madrugada, y arrebatar los fusiles a los fascistas, articulando una resistencia armada. Uno de los hombres pertenecientes al segundo grupo se dirigió a los discrepantes con sus argumentos de una forma muy directa y concisa.
“Camaradas, compañeros, sois muy ingenuos si pensáis que solamente con  palabras persuadiréis a semejantes máquinas de matar que están equivocados. “Podemos hacer otra cosa si, por supuesto, me permitís el uso de la palabra”, se adelantó, surgiendo de entre la penumbra, Alberto. “¿Quién está ahí? ¿Quién demonios está ahí? ¡Maldita sea! ¡Nos han descubierto! ¡Rápido, compañeros, a las armas!”, se precipitó con ostensibles exclamaciones el que había lanzado su plática a la asamblea antes que Alberto. Algunos de aquéllos hombres, muy nerviosos y azorados, sacaron sus pistolas, apuntando hacia el lugar dominado por las sombras. “¡Eh, eh, compañeros, tranquilos! ¡Qué somos de los vuestros! Esta chica y yo nos hemos escondido hace unos días en un búnker que había en la Biblioteca de al lado, la noche antes de que la quemaran. Hemos rescatado un buen montón de material apreciable para evitar que fuera pasto de las llamas”.
“¡Ah!”, suspiró aliviado y desechando al instante la tensión que le había provocado el intruso. “Si es así, continua con tu exposición”. “Gracias”, replicó cortésmente Alberto. “Bien, pues yo creo que lo mejor que podemos hacer, compañeros, es aplicar ese dicho tan conocido de, A Dios rogando pero con el mazo dando. Me explico. No creo que todos, absolutamente todos nuestros adversarios sean duras e insensibles máquinas de matar. Estoy seguro de que entre los nuevos simpatizantes del régimen fascista, que no tienen más remedio que seguir sus dictados, hay gente a la que podremos convencer de que conservar a toda costa la libertad y la democracia en este país es lo más importante. Pero eso sí, con las tropas invasoras no hay más opción que enfrentarse a ellos mediante una táctica que nuestros antepasados aplicaron favorablemente hace ya más de un siglo, con la anterior invasión de los gabachos, la guerra de guerrillas”. “¡Eso es!”, dijo el hombre que estaba en el púlpito. “¡Una solución intermedia! ¿Estáis de acuerdo, compañeros?”. “¡Sííí!”, proclamaron enfervorizados al unísono todos los asamblearios.
Y así aconteció, la vieja táctica fue empleada a partir de entonces por la resistencia al régimen fascista, que amplió su número en gran proporción, obteniendo éxitos muy destacados en su empeño de desmoralizar y diezmar al enemigo.
Y, en prácticamente todos los países del mundo, se aplicó la susodicha táctica, logrando, al cabo de pasados unos años, acabar con el poder de los líderes fascistas y del cuarto reich.
FIN.

RELATO DE "UN PAJAR SIN FIN".

“UN PAJAR SIN FIN”.
Una clase de Salamanca formada por treinta alumnos con edades comprendidas entre los dieciséis y los dieciocho años, llega en un autobús a la localidad de Aldearrubia. La profesora que mejor relación mantiene con estos alumnos de Segundo de Bachillerato es la que ha decidido pasar con ellos un día de acampada y, para ello, ha conseguido llegar a un acuerdo con el Edil del mencionado Municipio, para hacerlo en la casa más antigua y grande del pueblo. La maestra es una joven de treinta años muy decidida y aventurera, y sus alumnos pertenecen al Colegio de los Salesianos de María Auxiliadora.
Mediante este acuerdo con el Alcalde de Aldearrubia, aquella clase compuesta por treinta alumnos, van a pasar la noche en la poco tranquilizadora Mansión que un Siglo antes había sido propiedad del Doctor del pueblo y cuyos últimos moradores decidieron abandonarla hacía ya una década.
Los alumnos, provistos de tiendas de campaña, siguen al pie de la letra las indicaciones de su profesora que supervisa la instalación de las tiendas. Es una clase muy especial, dividida en dos grupos con la misma cantidad de efectivos. Por un lado, los empollones y, por otro lado, los macarras. Salvo en contadas excepciones, la relación entre ambas pandillas no es demasiado buena.
El grupo de los empollones, picados por la curiosidad, resuelven aventurarse en el pajar de la casa, que habían descubierto previamente dos de los alumnos del grupo. La profesora, que aunque mantiene unas relaciones más o menos correctas con los dos grupos, manifiesta una mayor simpatía e inclinación con los alumnos estudiosos y aplicados, se pone al frente de aquella improvisada expedición.
Mientras tanto, los macarras, que son, ante todas las cosas, unos auténticos pasotas, se entretienen organizando un partido de fútbol con unos improvisados palos haciendo las veces de porterías en el jardín.
El pajar es tan espacioso y está tan oscuro, que no tienen más remedio que utilizar unas linternas que han traído para casos de emergencia. Durante diez minutos, están revisando el pajar de arriba a abajo. Uno de los alumnos se queda muy intrigado al ver, sobresaliendo del suelo, una trampilla provista de un asa. Rápidamente, avisa a su profesora y a sus restantes compañeros. Todos se preguntan qué es lo que habrá debajo de la misteriosa trampilla. Así, especulan con que lo más probable es que haya un sótano o una bodega.
En ese momento, las dos puertas de acceso que tiene el pajar se cierran violentamente y todos se precipitan, primero hacia una, y luego hacia la otra, pegando grandes y ostensibles voces pensando que ha sido un golpe de aire o una corriente de viento la que las ha cerrado y con la vana esperanza de que sus futboleros compañeros les oigan y les liberen.
Pero, nada más lejos de la realidad, pues empiezan a escucharse unas risas que progresivamente se van haciendo más atronadoras. Indudablemente, deducen que son sus compañeros los que los han encerrado para correrse una buena juerga. Golpean las puertas en repetidas ocasiones pero los macarras hacen caso omiso a las súplicas de los prisioneros del pajar.
Pasan las horas y los macarras se van a dar una vuelta por el pueblo, mientras que los empollones resignados y sabiendo que su encierro va para largo, esperan pacientemente el momento en el que sus compañeros sean lo suficientemente clementes como para liberarles de su cautiverio. La profesora sugiere a sus alumnos abrir la puerta de la trampilla para saber qué es lo que hay debajo de ella y, también, para no aburrirse como ostras. Y así hacen. Todos bajan por unas escaleras que les conducen a un espacio igualmente techado, como el pajar,  alargado, con dos paredes, de las cuáles una es en la que está la escalera por la que han descendido, y la otra está a un par de metros de distancia.
Observan que ni caminando hacia la izquierda ni hacia la derecha se advierte el fin de ese espacio para dar paso a uno nuevo, por lo que concluyen que se encuentran en un pasadizo. Por último, y como es el caso del pajar que acaban de dejar, se halla sumergido en la oscuridad más absoluta y un espeso líquido los cubre de cintura para abajo. Enfocan con las linternas. Es un líquido negro y todos suponen que se trata de petróleo. Acuerdan encaminarse hacia la derecha y la profesora les incita a correr con el anhelo de dar con la salida a tan angustioso e insólito espacio, pero sus esfuerzos se revelan inútiles y completamente baldíos y, exhaustos y reducidos a un brutal agotamiento, se apoyan contra la pared.
Por su parte, los macarras, que ya se han cansado de estar en el bar de la localidad bebiendo jarras de cerveza y viendo que el partido del sábado por la noche que ofrecen por la televisión, ha tocado a su fin, retornan a la mansión. Son perfectos conocedores de que la broma que han gastado a sus compañeros ha sido muy pesada. Por lo tanto, abren las puertas del pajar pero no ven a nadie y su sorpresa es mayúscula cuando descubren la trampilla abierta.
Mientras tanto, la profesora y los empollones, recuperados del agotamiento, reanudan su andadura y varios cientos de metros más tarde vislumbran en el horizonte el final del estrecho pasadizo. Uno de los alumnos otea un escarpado sendero que conduce a un siniestro Castillo cuya figura se alza poderosa, llegando incluso al extremo de tocar el cielo, tal y como ocurría con la famosa Torre de Babel Bíblica. Los intrigados y atemorizados alumnos, con su valiente profesora al frente, se aventuran por el sinuoso sendero, dejando a ambos lados una abundante cantidad de árboles que conforman un denso y oscuro bosque.
Por fin, después de otra interminable media hora de peregrinaje, llegan a las puertas del Castillo. El alumno más atrevido y valiente del grupo de los empollones, golpea con fuerza la espoleta del enorme portón de madera en tres ocasiones, mientras que sus compañeros, que están temblando de la cabeza a los pies, son retenidos, en su afán por huir del lugar, por la mirada inquisitiva de la profesora que les hace ver que deben obrar de manera contraria a la que pretenden.
Procedentes del interior del Castillo, se oyen unos pasos que se van agigantando y provocando un ruido muy estridente. El dueño y ocupante de aquella imponente y distinguida Fortaleza descorre los siete cerrojos de la puerta y la abre al tiempo que las bisagras chirrían, acrecentando el temor de los infortunados visitantes. Ante su visión aparece un hombre de mirada maquiavélica, rostro envejecido por los años y ataviado con una capa de color púrpura, que les hace pasar, con una señal de su temblorosa mano, a su morada. “¡Pasen, pasen! ¡Jaja! ¡Les estaba esperando con mucha ansiedad!”, les dice. La profesora reacciona y replica a aquel siniestro personaje, en representación de todos sus alumnos. “¿Y cómo ha sabido que íbamos a venir a su Castillo?”, pregunta. “Porque, aunque no se lo crean, yo tengo poderes telepáticos, es decir, que ostento la poderosa capacidad y habilidad de la clarividencia. ¡Pasen, pasen! ¡Y dejen fuera parte del temor que traen consigo”, concluye.
El siniestro interlocutor de aquellos empollones alumnos da media vuelta confiando, sin reservas, en que sus nuevos huéspedes le van a seguir. La comitiva atraviesa el patio de armas y accede al interior del castillo por una Torre idéntica a las que se construían, en gran número durante la época medieval. Es, por tanto, una de las denominadas Torres del Homenaje.
En el transcurso del trayecto entre el portón principal de la Fortaleza y la Torre, dos alumnos, que cuchicheaban para no ser oídos, llamaron la atención de aquel generador de miedos incontrolables, que también era poseedor de una agudeza auditiva propia de los gatos. “¡Seguro que es Drácula! ¡Te has fijado bien! ¡No es una leyenda! ¡Es real! ¡Idéntico! ¡Con esa capa de color rojo! ¡Y esos colmillos! ¡Los he visto cuando se ha reído! ¡Los tenía afilados y puntiagudos, como los de los vampiros!”. “¡Muchachos, les he oído! ¡Les he oído! ¡Yo no soy ese que dicen! ¡Ese tal Drácula siempre quiso emularme! ¡Pero dejó de existir hace un siglo! ¡Acabaron con él por su extremada maldad y crueldad”, graznó el dueño del castillo. En la gran Sala Capitular de la Planta Baja de la Torre había un retrato en el que aparecía un guerrero manejando un alfanje. “Observen, observen atentamente este retrato. Ese de ahí soy yo. Me lo hicieron hace ya unos siglos, durante la cruenta guerra que nosotros, los defensores de la Cristiandad, sostuvimos contra el temible turco”.
Los corazones de los alumnos, ante la siniestra e inesperada relevación del tétrico Conde, se encogen y únicamente la profesora aparenta, a duras penas, no tener ni rastro de inquietud marcado en su rostro. “¡Jajaja! ¡Tranquilo, chicos! ¡Tranquilos! ¡Que no les voy a hacer nada! ¡Ni beberme su sangre ni nada de eso!”, exclama sonriendo el vampiro. “Dejen, dejen, que siga contándoles lo que sucedió en aquellas tensas jornadas de ardor guerrero. Veran, me arrebataron mi espada y yo, a su vez, no tuve otro remedio que coger la que uno de aquellos perros había dejado en el suelo al morir a manos de uno de mis valientes. Aquel día resultó grandioso para mi ejército. En el transcurso de aquella jornada obtuvimos una resonante victoria y los turcos no volvieron a inquietarnos jamás. Pero no se alarmen, muchachos”, dice el vampiro cambiando de tercio. “Yo soy un vampiro benévolo y sé distinguir en el interior de los corazones humanos, sé  discernir entre los que son buenos y malos. Yo sólo me alimento de la sangre de los malvados. Por cierto, ahora estoy sintiendo que sus compañeros maltratadores han accedido a este inframundo por el mismo sitio por donde lo hicieron ustedes, por la trampilla del pajar de mi querido Doctor”, concluye. “¿Y qué va a hacer cuando lleguen aquí?”, le pregunta la profesora. “Espero que nos le haga daño. Son también alumnos míos”, indica la maestra. “No se preocupe, que con sus discípulos traviesos haré una excepción”, contesta. “Ahora subamos a la primera planta. Allí les espera una suculenta cena. Luego los llevaré hasta sus aposentos, pues pasarán la noche aquí, conmigo. Son mis huéspedes y no aceptaré un no por respuesta”, proclama el vampiro. “Muy bien. En realidad está claro que no podemos hacer otra cosa. Estamos a su merced”, contesta la maestra. Un rato más tarde, los alumnos empollones y su profesora comen con avidez la apetitosa cena que les ha preparado el vampiro. Éste los mira fijamente, provocando temblores en aquellos aplicados chicos. Uno de ellos rompe el incomodo silencio que se había impuesto. “¡Oiga, Señor Drácula! ¿Usted ya ha cenado?”, pregunta. “Sí, ya lo he hecho, y me he saciado bien. ¡Jajaja!”, replica el vampiro. ¿Ya han terminado? Bien, les conduciré a sus habitaciones. Dormirán dos en cada una y a usted, señorita profesora, le he reservado mi Suite”. “Muchas gracias”, contesta la maestra temblorosamente. Una vez recluidos en los aposentos, pasa una hora en la que el inmenso castillo permanece sumergido en el más absoluto y lúgubre silencio.
Pero transcurrido ese corto espacio de tiempo, desgarradores chillidos se adueñan de la noche. Todos se levantan de sus confortables literas sobresaltados. La profesora los llama para que se reúnan en el pasillo de la Primera Planta. Lo que ha sucedido es que sus apreciados compañeros macarras han arribado al Castillo y el vampiro ha incumplido la promesa dada a la profesora. En ese momento, por el ancho pasillo pasan un par de macarras perseguidos por un lobo con las fauces completamente ensangrentadas. El grupo de encogidos y aterrorizados empollones se dispone a bajar las escaleras cuando observan desencajados al vampiro bebiendo la sangre que mana del cuello de un desafortunado macarra. También hay otras tres vampiras que están alimentándose de los cadáveres de otros tres chicos. Finalmente, unas voces susurrantes provocan que los asustados empollones echen a correr escaleras abajo. “¡Todos moriréis aquí! ¡Huuu! ¡Todos moriréis aquí! ¡Huuu!”. Dos de los chicos caen al suelo. “¡Eh! ¿Dónde van ustedes? ¡No puede ser! ¿Ya se marchan? ¡No serán ustedes tan desconsiderados y maleducados de dejarme en la estacada!”, proclama el vampiro irónicamente, mostrando sus colmillos ensangrentados. Todos los macarras yacen inertes mientras que los empollones van disminuyendo alarmantemente en su número, siendo acechados sin tregua por los vampiros y los lobos. “¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos ahora, profesora?”, grita un alumno.
“Bajemos a la planta baja. Allí nos dividiremos en parejas para que a esas bestias no les resulte tan fácil apresarnos. ¡Ah! ¡Y no se os olvide rezar para que de este lugar maldito salgamos todos los que podamos!”, indica la maestra. Así hacen, pero tan sólo media docena logran salir del castillo, galopando por el patio de armas y consiguiendo abrir, no sin pasar por grandes apuros, la puerta principal de la Fortaleza. El chupasangres y sus siervas, así como los lobos les siguen también a una elevada velocidad.
La desaforada carrera de la profesora y sus alumnos supervivientes se prolonga por el sendero que cruza de un extremo al otro el bosque colindante al Castillo, y por el pasadizo, en el que el petróleo resulta un obstáculo tan grande que tienen que aminorar su marcha. Por su parte, la persecución a la que están siendo sometidos por Drácula y las vampiresas resulta ser tan feroz que llegan al punto de pisarles los talones.
Por fin, la profesora y los sus seis empollones discípulos suspiran aliviados cuando suben las escaleras que les conducen, sanos y salvos, a abandonar el  tenebroso inframundo, y cierran la trampilla del pajar en el momento justo en el que el vampiro, liderando a sus terroríficos subordinados, estaban en disposición de alcanzarlos. Éstos, golpean con saña la trampilla, pero no son capaces de que ceda. “Bueno, chicas”, dice el vampiro. “Vamonos, evitad ofuscaros, que ya vendrán otros incautos a servirnos de alimento. ¡Jajaja!”. Los ecos de sus risotadas y maldiciones, que acompañan a esta última y postrera declaración del vampiro, se van extinguiendo progresivamente, como señal inequívoca de que se han dado por vencidos y dan por concluida su caza, retornando a su siniestra morada.
Sin perder ni un minuto de tiempo, los siete supervivientes salen del pajar y, ya en el exterior, la profesora llama por su  teléfono móvil a la centralita de taxis de Salamanca para que vayan a recogerlos y los devuelvan a la ciudad. Un cuarto de hora más tarde, la maestra y sus alumnos, ya acomodados en los vehículos, vuelven a hablar de forma distendida. “Yo no voy a volver jamás a en la vida a este pueblo. ¿Y vosotros?”, pregunta la profesora. “Nosotros tampoco”, dijo uno de ellos con la voz todavía quebrada por el susto.
FIN.

RELATO DE "UN ENAMORAMIENTO BOBO/UN BOBO ENAMORAMIENTO".

RELATO: “UN ENAMORAMIENTO BOBO/UN BOBO ENAMORAMIENTO”.
Filomeno era un joven salmantino de dieciocho años que, recién finalizado el Bachillerato, decidió ingresar en la Academia de la Guardia Civil en Baeza, una localidad de la andaluza provincia de Jaen.
En vísperas de la Navidad, después de mucho tiempo fuera de casa, regresó a la Capital charra. Coincidió que el mismo día de su retorno era sábado, por lo que quedo con unos amigos para salir de fiesta por la noche. Así, hacia las seis de la mañana, tras unas horas repletas de diversión, se despidió de ellos y enfiló el camino de vuelta a su casa.
Pero, cuando estaba atravesando el conocido parque Picasso, el corazón le comenzó a latir de forma inesperada. La causa de su agitación no era otra que la esplendorosa visión de una chica con una edad similar a la suya. Por su parte, la reacción de la joven fue recíproca y ambos se quedaron paralizados, mirándose embobados.
De repente, dos siluetas surgieron de la penumbra. Eran una pareja de bacaladeros, que abordaron a la desprotegida desconocida ante la que Filomeno estaba dispuesto a presentarse. La pareja de malencarados devotos del tecno, sacó de los respectivos bolsillos de sus pantalones, dos armas de fuego, encañonando la primera pistola a Filomeno, para que no se le ocurriera moverse mínimamente, y la segunda, a la desvalida chica, cuyo nombre respondía al de Belinda.
En ese momento, el que hacía las veces de cabecilla, amenazó a Belinda con lo que Filomeno tanto se temía. “Tú, guapita de cara, entrega a mi compañero tus alhajas y el dinero que tengas. Y tú, perdonavidas, no te muevas o te frío a tiros”.
No obstante, Filomeno, creyendo que aquellos salteadores iban de farol y que no se atreverían a disparar a la desafortunada e inocente chica, sacó su pistola reglamentaria. El bacaladero que llevaba la voz cantante, en un alarde de fanfarronería, trató de disuadir al aspirante a guardia civil de su intención. “¡Eh, alto, alto! ¡Pero tú quién coño te has creído que eres, listillo! ¡El justiciero de la noche o qué!”.
Entonces, el bacaladero que hasta ese instante había ejercido el papel de secundario, agarró a Belinda de la cintura y apuntó a su sien con la pistola. Y, en un tono chulesco, le dijo a Filomeno: “¡Venga, baja tu pistolita y tírala al suelo para que nosotros podamos recogerla”. Filomeno intentó simular que estaba envalentonado, y apuntó también con su arma a su deslenguado contrincante. Lejos de acobardarse, pues, desafió a los dos extravagantes malhechores. “¡Los que tenéis que tirar las armas al suelo sois vosotros dos, colgaos! ¡Escuchad, y escuchad bien! ¡La ley y la justicia están de mi parte pues soy guardia civil! ¡Soltad a la chica y olvidare que esto ha sucedido! ¿Vale?”. “¡Vaya, vaya! ¡Así que nos has salido respondón, eh! ¡Más vale que te tranquilices, Romeo! ¡He visto cómo la mirabas! ¡Como un ternerillo degollado! ¡Qué tierno! ¡Así que te has enamorado, eh, nen! ¡Vamos suelta la pipa o te dejo en el sitio de un tiro!”.
En nueve de cada diez veces que ante Filomeno se hubiera presentado dicha situación, éste habría accedido a las pretensiones de aquellos delincuentes de pacotilla, pero estaba demasiado seguro de que poseía la suficiente velocidad y precisión para abatir a sus dos rivales y, de paso, evitar que hicieran daño a su rehén.
Por un instante, percibió que la chica temblaba en demasía y que estaba empezando a mearse encima, que vaciló. Pero, transcurrido ese momento de indecisión, disparó con frialdad a los dos bakaleros y éstos, por su parte, no tardaron en replicarle.
Quiso el destino que, en tan desgraciado enfrentamiento, los cuatro protagonistas cayeran a la tierra gravemente heridos. Los primeros en perecer fueron los malvados bakaleros, mientras que Filomeno y Belinda pudieron, lentamente, como un par de tortugas, acercarse el uno al otro.
Por fin, los dos se encontraron, con sus malheridos cuerpos, en el centro de un claro rodeado de árboles. “¡Dios mío! ¡En qué crueles circunstancias nos hemos conocido! ¿Cómo, cómo, cómo,.., te llamas?”, acertó a decir Belinda de modo renqueante. “¡Maldita sea! ¡Esto, esto, esto,.., no puede ser verdad! ¿Sientes como yo, que el amor ha llegado a tu vida cuando es ella la que se nos escapa?”, respondió Filomeno. “¡Oh, sí! ¡Claro que sí, amor mío! ¡Siento que pronto dejaré de respirar! ¿Cómo te llamas?”, aseveró Belinda. “Filomeno, me llamo Filomeno. ¿Y, y, y tú?”, preguntó él. “Belinda, sí, soy Belinda. Bésame, por favor. Creo que será la única garantía para que nos volvamos a encontrar en el cielo”.
Entonces, Filomeno no quiso añadir nada más y pasó a la acción, besándose apasionadamente. Acto seguido, expiraron. Sus almas se despegaron de sus cuerpos, y las primeras, se hallaron transitando por un estrecho y sinuoso camino. Ambos estaban levitando, pero iban cogidos de la mano, como cualquier pareja terrenal. Y, no muy lejos de allí, avistaron a sus dos despreciables adversarios, que habían llegado al final del sendero.
En un montículo, estaba situado un ángel de mirada severa y gesto imperturbable. Aquel poderoso ser celestial, proclamó una sentencia dirigida a los bacaladeros. “Sé de buena tinta que habéis sido malos y perversos en vida, por lo que yo, el Arcángel Miguel, ordenó que dirijáis vuestros pasos, en esta bifurcación de caminos, por el que observáis a vuestra izquierda, que os conducirá donde os merecéis, al infierno”. Las almas de los devotos del tecno hicieron ademán de protestar, pero el imperativo gesto que adoptó el Arcángel les persuadió de tal cosa. Así, los rivales de Filomeno y Belinda, cariacontecidos, tristes y cabizbajos, acataron su suerte.
Por su parte, la pareja de enamorados, libre ya de intermediarios, avanzó hacia el ser celestial, esperando a que éste dictará una resolución sobre ellos. “¿Y nosotros? ¿Qué vas a hacer con nosotros?”, clamó descorazonada Belinda. “Vosotros, parejita, vais a tener que echarlo a suertes. Es sencillo, lanzareis una moneda al aire y, si sale cara, iréis al cielo, pero si sale cruz, os tendréis que encaminar al infierno. Lo siento, pero para vuestro caso, es la solución más acertada que he hallado. Yo rezare para que la suerte esté de vuestro lado. Así, intercederé ante nuestro Señor por vosotros”, sentenció el Arcángel Miguel. “¡OH, Dios mío! ¡Qué va a ser de nosotros! ¿Tienes una moneda, Filomeno? Yo ahora recuerdo que, bueno, no yo como soy ahora, más bien mi cuerpo, gasto todo lo que mis padres me dieron”. “¡Sí, sí!”, replicó Filomeno de manera entusiasta y ansiosa. “¡No te preocupes, cariño! ¡Seguro que sale cara! ¡Yo siempre he sido un afortunado jugador de cartas y de bingo! ¡Y seguro que esta vez la suerte tampoco me resulta esquiva!”. Entonces, sacó con diligencia una moneda del bolsillo de su pantalón.
“¡Mira, es de un Euro! ¡Eso demostrará, ante los ojos del Todopoderoso, que tanto tu como yo, hemos sido personas humildes y buenas! ¡Estoy seguro que él estará de nuestra parte en tan delicado dilema! ¡No te preocupes! ¡Que ya la lanzó! ¡Ya la lanzó!”, finalizó Filomeno.
La moneda voló por el aire y ambos esperaron, con la mirada escrutadora y el corazón encogido, el resultado. Arrodillados, contemplaron, con gesto contrariado, que en la moneda se adivinaba el dibujo de una cruz. “¡Oh, no! ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Ha salido cruz!”, maldijo Filomeno. “¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Por qué! ¡Por qué nos haces esto!”, añadió suplicante Belinda. “Lo siento mucho, jovencitos, de verdad. Tomad el camino de la izquierda y, animo que, después de todo, el infierno no es tan malo como lo pintáis los terrestres”.
Y fue así como los dos desdichados enamorados tomaron el camino que les llevaba al inframundo.

RELATO DE "UN ENAMORAMIENTO PREMATURO".

RELATO: “UN ENAMORAMIENTO PREMATURO”.
Marta y Oriol eran dos chicos jóvenes, de unos veinticinco años, que se conocieron en la Facultad de Empresariales de la Universidad de Salamanca. Por una casualidad del destino, los dos estuvieron trabajando en la misma Gestoría. En un principio, como becarios, pero como posteriormente, lograron convencer al dueño por su buen hacer y su desenvoltura, éste les hizo fijos.
Un día, Oriol recibió una llamada telefónica desde Gerona, su ciudad natal. Era de su madre, que le comunicó que su padre, que desde hace años había estado incubando un cáncer, acababa de fallecer. Oriol, muy afectado por la noticia, pidió permiso en la gestoría para poder ir al funeral y así poder servir como apoyo a su madre en aquellos duros momentos. El jefe, muy comprensivo con su situación, se lo concedió. Sin embargo, Oriol sabía que tiene que dejar a su querida mascota, su gato, en el piso de Salamanca y también que necesitaba a alguien que le regará las innumerables plantas que tenía esparcidas por todo el inmueble, pues era un gran y reconocido aficionado a la botánica. El permiso que le habían concedido en la Gestoría era de una semana y, si nadie se preocupaba, tanto las plantas como su gato Gusilu se morirían de sed y hambre respectivamente. Se le ocurrió que la persona más idónea para hacerle tal encargo y tamaño favor era Marta, por lo que la llamó y le pidió que pasará todos los días por su piso a dar una vuelta y cuidar de su gato y sus plantas. A cambio, cuando él volviera a Salamanca, le traería un recuerdo, uno de los más bonitos que pudiera encontrar, de Gerona. Acto seguido, se despidió de ella dándole una copia de las llaves del piso.
Pasó la semana y Marta, a medida que iban pasando los días, se dio cuenta de que algo completamente inesperado, que recorría su alma y su espíritu de un extremo a otro, estaba sucediendo en su interior. Y es que, no solamente se había encariñado del gato y de las plantas, sino que la amistad que sentía por su compañero de trabajo y de estudios se había convertido en algo más profundo, en amor. Se había enamorado de Oriol casi sin darse cuenta.
El día del regreso de Oriol a Salamanca, Marta se hallaba en el piso de éste con el corazón henchido por la felicidad. Ella estaba segura de que sus sentimientos podían ser correspondidos e imaginaba que el futuro de ambos como pareja podía ser plenamente venturoso y dichoso. Inicialmente, tenía previsto esperar a Oriol en el piso. Sin embargo, después cayó en la cuenta de que lo que realmente prefería era irlo a esperar a la estación tren y sorprenderlo, ya que pocas cosas hay en la vida que sean tan románticas como declararse a la persona amada en una estación de ferrocarril. Sin embargo, cuando ya se disponía a salir de la casa, advirtió que Gusilu, del que pretendía despedir, no aparecía por ningún sitio. Lo buscó con ahínco por todo el piso, rastreándolo de arriba abajo, pero el felino sigue no daba señales de vida. No había duda de que se había escapado. Muy angustiada, pues era perfecta sabedora del amor y el cariño que Oriol sentía por su mascota, se sentó abatida en un sofa del salón, quedándose ligeramente traspuesta. Sin que lo pudiera evitar, su mente fue invadida por oscuros y negativos pensamientos. Sabe que Oriol se podía pillar un mosqueo tan fuerte que era probable que la dejará de hablar por una buena temporada. Transcurrió una hora que se le hizo larga, más bien eterna.
Por fin, la puerta principal del piso se abrió. Era Oriol, que llevaba cogido en su regazo al gato mientras que con la otra mano arrastraba su maleta. Marta lanzó un prolongado suspiro de alivio al verlos. Oriol la saludó y le dio un fuerte y sentido abrazo. Después, le reprochó su falta de atención con respecto al gato, pues había visto a éste salir por el montacargas del edificio y, de no ser porque él había llegado en ese preciso momento y lo ha visto, hubieran estado buscándolo como locos por todo el piso, sin dar con él.
De todas formas, Oriol acabó agradeciéndole a su compañera y amiga que hubiera cuidado durante aquella semana a sus queridas y añoradas plantas, a las que veía con un aspecto inmejorable y a su gato. Marta, por su parte, no pudo evitar dejar de disculparse y de sonreír tontamente. Oriol, muy extrañado por su comportamiento, le preguntó que si le ocurría algo, pero Marta se negó a darle más información. No obstante, poco después, vencida por la atracción que sentía, le confesó a Oriol que estaba enamorada de él. Éste se quedo asombrado, de piedra, sin saber qué contestar.
Hasta que le pudo decir a Marta que le había dejado completamente fuera de juego y que una vida en común con ella, siendo como eran, compañeros de trabajo, podía resultar problemática. Le pidió que le dejará unos días de margen para poder reflexionar sobre el asunto y así poder darle la respuesta más adecuada posible. Marta aceptó de buen grado la réplica de su amigo, pensando que era la más lógica de cuántas podía haber realizado, dadas las circunstancias, y se despidió de él hasta el día siguiente, con una sonrisa perennemente nerviosa en su rostro, que no podía hacer desaparecer por más quisiera.
FIN.
  

RELATO DE "LAS PATERAS DE LA DISCORDIA".

“LAS PATERAS DE LA DISCORDIA”.
Teresa era una señora mayor, de sesenta y cinco años, viuda, madre de cuatro hijos y que vivía sola en Madrid. Encima, recientemente, había tenido que sufrir la enorme desgracia de quedarse ciega, tras una delicada operación para eliminar sus cataratas, que no salió bien.
Su familia había denunciado a los especialistas que la trataron, pero la justicia, como sucede en muchos casos, resultó lenta, por lo que lo más probable era que se podían tardar varios años en conocer la sentencia. Los hijos eran cuatro varones que ya vivían con sus respectivas parejas, y que al observar cómo había quedado su madre, tan afectada de ánimo y baja de autoestima, decidieron que lo mejor que puede hacer para aliviar su pena y que no sienta tanto el peso de la soledad, era contratar a una criada, una asistenta social que la hiciera compañía.
Sin embargo, cuando se pusieron a buscar a posibles aspirantes, poniendo un anuncio en un periódico, se percataron de que todas las que llamaban pedían un salario que consideraron excesivo. Finalmente, eligieron a Isabel, una emigrante dominicana que sí respondía a sus expectativas y cuyas exigencias económicas calificaban como razonables. Contactaron con ella y la citaron en la casa del primogénito.
Hecha la primera toma de contacto físico y visual, todos quedaron plenamente convencidos de que esa emigrante era la persona más adecuada para cuidar y atender a su madre, debido a su amabilidad y su simpatía. Y, acto seguido, los cuatro hermanos, con sus parejas respectivas, se dirigieron al piso de Teresa para presentársela. A pesar de las reticencias iniciales de la madre, que pensaba que no necesitaba a nadie que la cuidara, Teresa acabó aceptando a Isabel, al percibir que era muy educada, respetuosa y cariñosa con ella.
Transcurrieron un par de semanas y la relación entre ambas se fue haciendo cada vez más estrecha hasta el punto de llegar a confiarse cosas y secretos cada vez más íntimos. La inmigrante dominicana era una empleada del hogar eficiente, que lo mismo cocinaba, que peinaba y bañaba a Teresa, y todo ello lo hacía de manera notable, según la opinión de la mujer mayor. Pero lo que Teresa no sabía, porque sus hijos no se lo habían dicho, era el color de piel de Isabel. Se les había olvidado comentarle ese pequeño detalle y ese iba a ser el detonante de la fuerte discusión que estalló entre Teresa y su criada.
Aquella relación que habían establecido, tan armoniosa y pacífica, dió un vuelco inesperado cuando un día, después de comer, las dos estaban escuchando las noticias por televisión. Una información anunció que una considerable cantidad de pateras habían llegado hasta las costas de las Islas Canarias procedentes de África.
Teresa, muy indignada, pues toda la vida había sido conservadora y votante del Partido Popular, no dejó pasar la ocasión para criticar al gobierno de Zapatero por aquella cuestión y calificó a todos los emigrantes como un peligro para el país. Isabel, sorprendida por la reacción de su ama, se enfadó con ella y le confesó que era negra, que había venido en un barco desde la República Dominicana y pasado por un auténtico calvario para poder regularizar su situación en España. Asimismo, le dijo que retirase lo dicho o se marcharía de la casa y sus hijos tendrían que contratar a otra asistenta. Teresa, asombrada por la revelación, pues creyó, desde el principio, que Isabel era española y blanca, le respondió que de ninguna manera iba a retractarse de sus palabras,  ni mucho menos en su propia casa, y que los emigrantes eran una lacra contra la que hay que había que luchar, pues impedían el progreso de España como país desarrollado. Isabel, muy disgustada por la actitud de su señora, ya ni siquiera se dignó a contestarla. Pegó un portazo y desapareció, dejando a aquella señora mayor rumiando con su intolerancia.
FIN.

RELATO DE "LAS AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL COMISARIO PACHÓN EN ÁVILA".

RELATO: “LAS AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL COMISARIO PACHÓN EN ÁVILA”.
Francisco Javier Pachón, un comisario de la policía de Ávila, que llevaba ejerciendo su profesión durante treinta largos años, estaba ante el día más importante de su vida. Iba a ser nombrado por el alcalde de la ciudad, el Excelentísimo Don Tomás Turbado, comisario general de la policía abulense, es decir, una especie de supercomisario, para toda la ciudad y sus suburbios. Esta distinción era muy importante porque le otorgaba el mando absoluto sobre todas las brigadas policiales abulenses. Su antecesor en el cargo cesó porque le llego la edad de su jubilación. Pero esta no fue, en realidad, la verdadera causa de su renuncia sino el hecho de que ya estaba muy harto y cansado de las acusaciones de corrupción, dejación de funciones y sobornos que vertió sobre él la oposición política, el denominado partido laborista abulense.
El nuevo comisario general de policía, desde el inicio, se toma muy en serio su designación y, en apenas en unos pocos días, reorganizó a la policía local abulense. Con una determinación y voluntad inquebrantable, logró en un mes que el nivel de delincuencia en la ciudad descendiera y se redujera a la mínima expresión. Sin embargo, lo que más le preocupaba al comisario general Pachón es que no era capaz de atajar el permanente, e incluso creciente, tráfico de drogas en la capital abulense. Pasó un mes desde su nombramiento y su ánimo había decaído mucho y estaba por los suelos.
Pero, de repente, una gran noticia actuó como acicate para aplacar su tristeza. El subcomisario José Ignacio le comunica que una brigada policial recientemente constituida por ellos, e integrada por un grupo de jóvenes con edades comprendidas entre los veinte y los treinta años, había conseguido descubrir el alijo de cocaína más importante de los últimos seis meses llegado a la provincia, y detener a los responsables de su reparto y distribución. La euforia del comisario general de policía Pachón y sus subordinados, contrastaba claramente con el mosqueo reinante esa noche en una taberna subterránea ubicada en la misma Plaza Mayor. En ese sótano se hallaban reunidos el alcalde Tomás Turbado y su ayudante, el inseparable Paco Velloso, (más conocido con el sobrenombre de “El Cejas”), con las fuerzas vivas más poderosas de la ciudad. A saber: Mario Domínguez, empresario. José Infante, empresario. Y los hermanos Pinzones, constructores, dueños de un gran imperio, edificado a base de ser los auténticos reyes de la especulación urbanística de la región. Todos le transmitieron al edil su enfado por el último golpe policial, pues la nave industrial en la que se guardaba el alijo era propiedad de los hermanos Pinzones, y los pudientes empresarios Don Mario y Don José habían acordado, con una poderosa organización mafiosa de los Estados Unidos, su compra y traslado por el Océano Atlántico.
En esos momentos, la sociedad abulense se había visto envuelta, en el transcurso del año en una situación de crisis económica y depresión galopante. La venta de pisos había caído en picado y muchas inmobiliarias habían cerrado. Este hecho afectó especialmente a la constructora de los hermanos Pinzones: “Contrucciones Pinzones, S.A.”, cuyo ejercicio económico había arrojado un déficit nunca antes visto ni recordado. Por su parte, una auditoria contable había demostrado que el grupo empresarial de Don Mario tenía enormes, considerables deudas contraídas con varios acreedores y muchos de sus trabajadores habían dejado de pertenecer a alguna de sus empresas por haber sido víctimas de sobreexplotación laboral y maltrato psicológico. Finalmente, Don José había tenido que reducir de forma drástica su flota de aviones, pues la facturación de su principal empresa había bajado de modo alarmante, al preferir los ciudadanos abulenses otros medios de transporte, sobre todo los terrestres, a la hora de realizar sus viajes y también porque no se sentían seguros después de enterarse de los últimos accidentes graves de aviación acaecidos a lo largo y ancho del mundo. Como decíamos, la nave industrial donde se había hallado el alijo era de los hermanos Pinzones. Pero es que también estaban involucrados de lleno en el asunto del alijo, Don Mario y Don José, que se había encargado de las negociaciones para la venta de la droga con los mafiosos yanquis. Todos estos insignes personajes abulenses decidieron involucrarse plenamente en el turbio mundo de las drogas porque sabían que, aún perdiendo dinero inicialmente, luego podrían recuperarlo y aumentar sus respectivos ingresos por su venta, no solamente a nivel local, autonómico o nacional, sino también por toda Europa. Los empresarios y los constructores dieron un toque muy serio al alcalde y a su ayudante portavoz de que aquello no podía volver a suceder pues, de lo contrario, amenazaban con retirarle el apoyo con vistas a las próximas elecciones municipales y denunciarle por ser el máximo responsable del tráfico de drogas en la ciudad, con el agravante añadido de estar concediéndoles tratos de favor y prebendas. Aún así, aunque el edil no perdiera las elecciones, su imagen podría resultar gravemente dañada. Luego, con los ánimos ya más calmados, los allí presentes se pusieron a jugar su acostumbrada timba de póker vespertina. Normalmente, el alcalde y los empresarios se reunían los días pares de la semana para satisfacer sus ansías de juego.
Al día siguiente, hubo una reunión de todos los mandos policiales y las brigadas de Ávila. La reunión se produjo en una casona de las afueras de la ciudad, con objeto de no levantar sospechas. El alcalde, acompañado por su fiel ayudante portavoz les dio un toque de atención para avisarles de que era él el que mandaba en la ciudad y no el Comisario Pachón. Y de que hicieran la vista gorda si tenían sospechas e indicios de que podían descubrir un nuevo alijo en las próximas semanas. Los agentes del orden asintieron sin rechistar. Mientras, en la ciudad, los diarios locales se hacían eco del gran alijo de cocaína incautada. Esa misma noche, ya más tarde, el alcalde Don Tomás Turbado, concertó una cita con el comisario Pachón y el subcomisario José Ignacio en una taberna y les comunicó que, en fechas cercanas, un nuevo alijo procedente de Norteamérica llegaría a la ciudad. Turbado les amenazó muy seriamente, pues les dijo que si llegaban a tener conocimiento de su ubicación y sus hombres y ellos detenían a los portadores del alijo y les incautaban nuevamente su cargamento, serían cesados de sus cargos. Pachón y José Ignacio no tuvieron más remedio que acatar la orden del edil, de su superior que tiempo atrás les había nombrado tan entusiastamente. O, al menos, simular que accedían a su requerimiento. El Alcalde, confiado por creer que ya había amedrentado lo suficiente a aquellos dos comisarios díscolos, salió de la taberna, seguramente pensando que si éstos veían algo sospechoso o salido de norma, determinarían que era mejor hacer la vista gorda..
A la noche siguiente, como era habitual en los días pares, el alcalde y sus empresarios afines se reunieron en el sótano del día anterior para jugar su acostumbrada partida de póker. Los empresarios le anunciaron al edil, ante su indisimulable sorpresa, que el nuevo alijo de cocaína ya había llegado esa misma noche a la ciudad. Después, empezaron la partida, pero a mitad de ésta y, repentinamente, irrumpieron en la taberna el comisario Pachón y sus hombres, que antes habían logrado reducir y amordazar a los vigilantes de la entrada. Pachón comunicó a los participantes en aquélla improvisada partida de póker, que quedaban detenidos por un delito contra la salud pública y por tráfico de estupefacientes, les leyó sus derechos y les anuncio, por último, que pasarían la noche en la cárcel y al día siguiente serían puestos a disposición judicial. Pachón permaneció imperturbable en sus gestos y ademanes. Ni tan siquiera se alteró cuando le puso las esposas, al que había sido su principal valedor, que en un acto reflejo, se abalanzó sobre él, tratando de derribarle. Lo que había sucedido con anterioridad es que, dando una vez más muestras de su incorruptibilidad y extremada honradez, la brigada del comisario Pachón había vuelto a incautarse de toda la droga del recién llegado alijo y, los que lo custodiaban, temerosos de acabar en la cárcel y con penas de prisión importantes si no colaboraban, habían decidido acusar a los “peces gordos” de la ciudad, a sus superiores, y a la máxima autoridad de Ávila, el alcalde, de estar detrás de la operación.
El impacto de lo ocurrido esa madrugada fatídica fue demoledor y, al día siguiente, los diarios locales, en sus ediciones vespertinas, informaban del apresamiento y detención del gobierno municipal abulense y de los más poderosos y renombrados empresarios de la ciudad a causa de una redada antidroga, mientras que el comisario Pachón era elevado a la  categoría de héroe local.
FIN.